-.LA NAVE DE CORTÉS.-
Arq. Raúl Hernández G.
Mis viajes, y el que me trajo a estas tierras, no fueron lo plácidos y tranquilos, como me hubiera gustado. Una tempestad al salir de Sevilla, antes de llegar a la Roca de Tarek, nos permitió avizorar, lo que nos esperaba en el Mar Océano. En Las Canarias esas volcánicas rocas, emergidas del mar y a pesar de los perros salvajes, por quienes se les diò nombre, fueron un paraíso de descanso y lo disfrutó mi golpeado esqueleto. La brisa tranquila, desespero de unos y bien recibida por mí, convertían la tela y el ropaje de gigante, extendida en el palo mayor, en bombachas de semiglobos impulsadores. Cambió el tiempo, apenas dejamos de ver las islas. Me divertía con el salto de los peces voladores que al despegarse del agua tropezaban con mi cuerpo. El azul del mar se tornaba oscuro a medida que avanzábamos en dirección al mundo de Colon. Don Hernán, prestaba mucha atención a lo que me sucedía y estaba pendiente de cualquier reclamo de mando. Llegó a considerarme, como un compañero de viaje fiel y solícito de rumbos nuevos. Por eso nunca me abandonó en puerto, en los viajes que emprendería en busca de gloria propia. “Concepción, eres muy marinero”, me decía don Hernán. Su bota retumbaba, con un golpe seco de afirmación, en el vacío de mis entrañas. Aprobaba con el taconazo, la manera como yo reaccionaba al cambiante tiempo, ora calma chicha, ora vientos huracanados, pero siempre en casi perfecto equilibrio. Vadear los líquidos obstáculos sin que nada se trastocara en mi interior era parte del merito marinero. Cuando avistamos la Isla Cohíba, como la nombraban sus indios habitantes, hoy “Cuba”, como le llaman los castellanos. Sentimos de inmediato una gran emoción e identificación, yo con sus tranquilas y transparentes aguas de esmeralda y Don Hernán, con los cilíndricos atados de la hierba “tabaco”, que le trajo, él ladino Juan de Albarracín, cuando bajó a tierra. Yo sabía que se llamaba Noaj, porque le escuché decirlo y lo confesó en voz baja, si le cambio la primera letra por la ultima y viceversa , mi nombre sonaría, como el cristiano “Juan” y lo repetía, en voz baja su nuevo nombre: ”Juan”, “Juan”, para recordar ese nombre que lo salvó de la Inquisición y le permitió embarcase, como cristiano, para el nuevo mundo con don Hernán. El ladino y yo seríamos inseparables en los planes de Don Hernán. Cuando nos dirigíamos a Nueva España, nunca pensamos que sería ese viaje, el último, el de la separación.
En la ciudad de la desobediencia, La Villarrica de La Vera Cruz, Juan de Albarracín , adelantado de don Hernán , murió atravesado por una flecha de la resistencia indígena y con ella se clavó el pánico en el corazón de los expedicionarios quienes quisieron regresar a la seguridad de La Española, poniendo en peligro las conquistas realizadas por el Bachiller Salmantino.
Descansaba en las tranquilas playas de la isla Cozumel, recordando el poema preferido del estudiante de Letras y Derecho, Don Hernán Cortés. Cuando lo vi acercarse por la playa, cabizbajo y mirando donde pisaban sus pies, como cuando recitaba en voz baja a Jorge Manrique.
“Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar en el mar,
Que es el morir.”
Siempre creí, que ese poema me lo dedicaba a mí. A mí, que nací a las orillas del Guadalquivir, que lo remonté hasta Sevilla y con don Hernán, crucé la Mar Océano, hasta la gloria... Esa noche sí lo hizo, me lo dedicó.
-- Prefiero verte destruido y muerto, que con traidores de regreso, me dijo Don Hernán con la antorcha en su mano.
Yo no tengo madera de traidor. La tea, la pólvora y el barreno, consumaron mi sacrificio. Me consumí en un fuego que perdura todavía y sirve de ejemplo a aquellos resteados con su destino.
F I N