Las miradas desde el parque hacia la Ciudad Condal, discurren encerradas por la Calle Diagonal y se estrellan sobre el casco de los viejos buques mercantes, surtos en el Puerto de La Barceloneta, para luego elevarse hacia el cielo, en un coro de reflejos dorados, por las tres torres de la Catedral Gaudíana.
Montserrat, se dirigía a la salida este del Parque, luego de repasar los apuntes tomados en clases, en dirección a la parada del bus, que la dejaba a pocas cuadras del pequeño apartamento, ubicado en la parte alta de la ciudad y que compartía con Marinés, su compañera de estudios, quien esa tarde se quedó en la biblioteca de la Facultad, para adelantar su Trabajo de Grado.
Los libros sujetos con un cinturón de cuero, que por lo viejo, había recobrado el color original, con que salió de la curtiembre. La hebilla metálica, aun sin brillo hacia sentir su noble presencia sobre los forros de papel plástico, verde botella de los libros del atado. Los llevaba pegados al pecho, formando un escudo conjuntamente con la cartera de lona en forma de bolso trastero. Al levantarse del césped, sus hermosas piernas dejaron ver las marcas de algunas ramitas ocultas entre la hierba. La falda a cuadros vedes y rojos y las medias tobilleras de lana, le daban un aire escocés a su vestimenta.
Ella se sintió prisionera entre fuertes brazos y cegada por un manto negro sobre su cara. El golpe que sintió al caer de espaldas al suelo. El fuego lacerante que produjo la irregular piedra al golpear en su rostro. La dejaron tendida en un aturdimiento anestesiante.
Las evidencias eran demasiados reales para ser ficción. Lo sucedido penetró hasta los niveles más profundos de la inconciencia de Montserrat. Los primeros auxilios llegaron en forma de viejo veterano de la Guerra Civil. El traslado al Hospital Ambulatorio fue de manera inmediata y las sales de amonio la sacaron de su aturdimiento. El calmante endovenoso vino en auxilio de su adolorido cuerpo. No presentaba heridas cortantes, solo lujaciones y pequeños rasguños producto del forcejeo con el atacante. El hematoma en el rostro se estaba formando y ya presentaba rasgos violáceos.
Nunca pudo describir lo que le sucedió ni quien la atacó. Nunca vio algún rostro y tampoco escucho voz alguna. Las preguntas de rigor las contestó de forma vaga y casi siempre con un “No recuerdo”.
El mal la tocó de cerca y estuvo dentro de ella. Las vibraciones que sentía, desde, por lo menos, dos semanas atrás, en lo profundo de sus entrañas le anunciaban una vida dentro de su vida , otra persona dentro de ella a la que no ha visto y de quien no vió y de solo imaginársela parecida al mal y sin rostro le produce un terrible horror.
Fin